Ellos

Se sentó, cogió un cigarro y se llenó la copa con el mejor coñac francés. De nuevo estaba solo. No era algo que le molestara. Como siempre se dice “mejor estar solo que mal acompañado”. Lo que pasa es que… Estas fechas le hacían ponerse melancólico. Veía luces por todos lados, caras felices, regalos… Y para él, ¿qué había?
-Un año más solo- se dijo.
No sabía muy bien qué hacer. No sabía si llamarlos o si era mejor dejar pasar el día. No quería molestarlos pero echaba de menos el calor de sus palabras, la risa nerviosa de la pequeña, las regañinas de la abuela…
-Mmm, mejor no.
Sabía que si llamara, se pondría a llorar. Para ellos todo seguía igual y no podía entender cómo. ¿Es que no han vivido lo que él vivió? Posiblemente no. Su vida se fue de la de todos nosotros pero ¿por qué parecía que a ellos les daba igual? Seguramente no sería así, pero realmente eso le demostraban. En fin… Por eso había huido de aquella casa, ahora lo recordaba.
-Bueno, me quedaré aquí dentro un poco más…
De pronto llegó su compañero de piso. Era un joven alto y de pelo cobrizo. Era delgado pero se le veía bien fuerte. Al lado de los demás, resultaba llamativo.
-¿Pero qué haces ahí? ¡Tan solo!
-Nada, solo disfrutaba del silencio.
-Anda, anda… Cámbiate, que nos vamos de fiesta.
-Pero… ¡bah! No me apetece.
-Me da igual, no pienso dejar aquí solo. Ponte tu mejor ropa y nos vamos.
-Bueno… pero solo para que te calles.

Así pasaban los días. Él no tendría consciencia apenas de los días de no ser por su compañero. Era el único que lo empujaba a salir, a sonreír.
-Venga, ya estoy listo.
-Un segundito, que casi termino yo también.
Mientras, se sentó en el pequeño sillón de la entrada y esperó, esperó…
-Ya estoy.
-¡Hombre! Menos mal que tardabas poco.
-Jaja, bueno, lo siento. ¿Vamos?
-Ya que insistes…
-¡Anda, venga! ¡Que vamos a estar bien!

En la calle hacía muchísimo frío. “Menos mal que he cogido la bufanda” pensó. Había muchísima gente. Era normal teniendo en cuenta la fecha.
Su compañero lo llevó a un pequeño bar. Era muy bonito. Tenía las paredes llenas de cuadros que parecían pintados por niños pero que no desencajaban para nada con la decoración. Paredes pintadas de un suave verde, tablones de madera. Era un ambiente muy cálido y, teniendo en cuenta el frío de afuera, venía muy bien el calor. Se sentaron en la mesa del rincón, en el sitio de siempre. Al poco llegó la camarera. Era una chica morena, de pelo largo y liso.
-¿Qué desean?- preguntó con la voz más dulce.
-Yo quiero una cerveza- dijo su compañero.
Él, en cambio, no podía dejar de mirar a esa chica. Tenía los ojos más dulces que hubiera visto jamás. Lo estaba atrapando con su mirada. Había algo que lo atraía, algo que hacía que no pudiera dejar de mirarla, algo que le resultaba tan familiar que lo estaba asustando. De pronto, se dio cuenta de que la camarera se estaba ruborizando.
-Perdona… ¿va a pedir algo?- preguntó suavemente.
-¡Oh! Sí, claro. Otra cerveza, por favor…
Cuando la camarera se fue, su compañero lo miró con una sonrisa en la cara y le preguntó rápidamente:
-Oye tío, ¿qué te ha pasado? Te has quedado mirándola durante varios minutos. ¿Qué pasa?
-Es ella…- dijo tranquilamente.
-¿Cómo que ella? ¿La conoces?- preguntó su compañero muy extrañado.
-Es la primera vez que la veo, pero es como si la conociera de toda la vida. Es… ella. Solo ella.

Al poco rato volvió con lo que el par de amigos había pedido. Ya con los pedidos en la mesa, el chico decidió acercarse a la barra. Pensó que lo mejor sería disculparse a la joven camarera. Al advertir su presencia, la camarera se volvió a ruborizar.
-¿Otra vez por aquí?- dijo tímidamente.
-Sí…
La camarera se acercó a donde él estaba, salió de la barra y lo agarró de la mano. Lo llevó a la parte de atrás del bar. Se acercó mucho a él y eso le hizo ponerse nervioso.
-Perdona… me resultas familiar pero estoy seguro de que no te he visto antes.
-Eres tú…
- dijo ella acariciándole la cara.
-¿Nos conocemos entonces?
-Sí, desde siempre.

-¿Cómo?- se extrañó él. Todo estaba siendo muy raro.
-Sí, desde siempre. Desde que tengo consciencia de lo que sueño. Eres tú.
- Pero, ¿cómo que yo?
- Era demasiado raro y aunque para él también ella era conocida, no lo quería decir. No quería parecer tan loco.
-Eres tú quien lleva rondando por mi cabeza tantísimo tiempo. Eres tú quien cada noche, al dormir, me acompaña. Solo tú… No conocía tu cara. ¿Tus ojos marrones? Los ignoraba. Tu pelo tampoco lo conocía. Ni tus finos labios, pero desde el momento en que te vi y vi cómo me mirabas… Lo supe.
-Yo tengo la misma sensación contigo.
-Tú eres tú y yo soy yo. Es el destino. Tú eres mi destino.

Y sin temor, ni timidez ni cualquier otro factor que pudiera detener ese momento, ella lo besó.
Era una locura, pero no podían separarse. Las mieles de esos labios no podían quedarse ahí. El calor que desprendían tampoco podía ignorarse.
Unidos por un beso se dieron cuenta: eran ellos.

5 tazas de té:

Mashey Shumey 23 de marzo de 2010, 1:49  

Un bonito relato! Perdona los fallos del corrector :P

Mirthas 23 de marzo de 2010, 2:13  

Es curioso como se manifiesta tu alegría en tu forma de escribir, creo que nunca te había leído ningún tipo de minirelato.

Mirthas 23 de marzo de 2010, 2:15  

Perdona que vuelva a comentar, pero he caído en la cuenta del título que le has puesto...

Para mí, "they, the others..." son los malos: Nuestros compañeros de piso.

Dafne 23 de marzo de 2010, 11:16  

Mashey, cual corrector y cuáles fallos? Haberlos, los habrá pero ante todo recordad: yo discrepo xDD

Mirthas, deberíamos hablar tu y yo :P What's the matter?

En fines, serafines, seguiremos informando =)

Mirthas 23 de marzo de 2010, 12:47  

Esta mañana, mientras preparaba el café, me acordé del otro relato. Pero no sé, este creo que me ha gustado incluso más.

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S.Fernando/Sevilla, Cádiz/Sevilla, Spain
"Una profunda pesadez atenazó sus miembros, su pecho se cubrió de gruesa corteza, su pelo se convirtió en hojas, sus brazos en ramas y sus pies, antes tan veloces, fueron atrapados por lentas raíces, mientras que su rostro fue la copa. Nada quedó de ella, excepto su luminoso encanto."